La desaparición de niños en la República Dominicana ya no puede verse como hechos aislados ni como simples estadísticas frías. Casos como los de Brianna Genao y Roldanis Calderón no solo estremecen a sus familias, sino que sacuden la conciencia de todo un país que observa con impotencia cómo la niñez se convierte en la población más vulnerable del sistema.

Cada desaparición infantil es una tragedia colectiva. No es solo una familia rota, es una comunidad en angustia, una sociedad herida y un Estado interpelado. Porque cuando un niño desaparece, falla algo más que la seguridad: fallan los mecanismos de prevención, fallan los protocolos de protección, fallan las respuestas institucionales y, muchas veces, falla la sensibilidad humana frente al dolor ajeno.

La preocupación no radica únicamente en los casos específicos, sino en el patrón que se repite: búsquedas tardías, información fragmentada, rumores que circulan más rápido que los datos oficiales y una ciudadanía que termina haciendo el trabajo que muchas veces debería estar liderado por las autoridades. Redes sociales sustituyendo protocolos, cadenas de WhatsApp reemplazando sistemas formales de alerta y familias obligadas a convertirse en voceras de su propio dolor para lograr atención pública.

Esto revela una realidad incómoda: no existe aún una cultura sólida de protección integral de la infancia. Seguimos reaccionando cuando ocurre la tragedia, pero no prevenimos. Seguimos lamentando después, pero no fortalecemos antes. Seguimos solidarizándonos, pero no transformamos estructuras.

La desaparición de un niño no debe convertirse en un tema coyuntural que dura lo que dura la tendencia en redes. Debe ser una prioridad permanente en la agenda pública. Se necesitan políticas claras, protocolos unificados, sistemas de alerta temprana, educación comunitaria, vigilancia territorial efectiva y coordinación real entre instituciones. Pero, sobre todo, se necesita voluntad política sostenida.

Como sociedad también tenemos responsabilidad. Normalizar el miedo, aceptar la inseguridad como parte del paisaje cotidiano y vivir con la lógica de “eso no me va a pasar a mí” es parte del problema. La protección de la niñez no es solo un deber del Estado: es un compromiso social.

Hoy, los nombres de Brianna y Roldanis representan a muchos otros niños y niñas que no han tenido titulares, que no han sido tendencia y que no han recibido la misma visibilidad. Representan un dolor silencioso que sigue creciendo en los márgenes del país.

Un país que no protege a sus niños es un país sin futuro. Y una sociedad que se acostumbra a estas tragedias está perdiendo algo más grave que la seguridad: está perdiendo su humanidad.