Mi papá decía que la muerte es lo único que tenemos seguro en esta vida. También solía decir que ese lugar al que vamos después de abandonar esta tierra debía estar lleno de tantas bondades y cosas maravillosas que nadie quisiera regresar. Y, con esa manera tan particular de explicar lo inevitable, siempre terminaba diciendo: “Eso debe ser bueno allá, que nadie regresa”.
Con el paso de los años, he pensado muchas veces en sus palabras. Quizás porque, cuando somos jóvenes, vemos la muerte como algo lejano, una realidad que conocemos, pero que pocas veces imaginamos tocando nuestra puerta. Hasta que un día llega, sin avisar, y nos enfrenta a una de las experiencias más difíciles que puede vivir el ser humano: despedirse de alguien que ama.
La muerte es una de las pocas certezas que tenemos desde el momento en que nacemos. Sabemos que algún día llegará nuestro turno, que nuestra existencia en esta tierra tiene un principio y un final. Sin embargo, por mucho que lo sepamos, nunca estamos verdaderamente preparados para enfrentarla.
No estamos preparados para abandonar este mundo, pero mucho menos para ver partir a quienes amamos. Porque una cosa es comprender que la vida es pasajera y otra muy distinta es aceptar que alguien que estuvo presente en nuestros días ya no estará físicamente a nuestro lado.
Nadie nos enseña a vivir con una ausencia. Nadie nos prepara para mirar una silla vacía, para escuchar una canción que nos recuerde a alguien o para querer contarle algo a una persona y recordar, de repente, que ya no podemos hacerlo. Son esos pequeños momentos los que nos hacen entender que la muerte no solamente se lleva una vida, también cambia para siempre la de quienes permanecemos aquí.
Y es que perder a alguien no significa únicamente despedirse de su presencia física. También es aprender a vivir sin sus conversaciones, sus consejos, sus ocurrencias y hasta esas costumbres que alguna vez nos parecieron insignificantes y que, después de su partida, terminamos extrañando profundamente.
Como cristianos, vivimos con la promesa de la resurrección y la esperanza de volver a encontrarnos con nuestros seres queridos. Creemos que la muerte no tiene la última palabra y que nuestra existencia no termina cuando cerramos los ojos en este mundo. Esa fe nos sostiene, especialmente cuando el dolor parece más grande que nuestras fuerzas.
Pero tener fe no significa que no nos duela. Creer en la vida eterna tampoco nos hace inmunes a la tristeza. Podemos confiar plenamente en las promesas de Dios y, al mismo tiempo, llorar por quienes ya no están. Porque somos humanos, porque amamos y porque el corazón no entiende de despedidas definitivas.
A veces queremos encontrar una explicación para la muerte, especialmente cuando llega de manera inesperada. Nos preguntamos por qué ahora, por qué esa persona, por qué no hubo más tiempo. Y aunque sabemos que todos tenemos un día señalado para partir, aceptar esa realidad resulta mucho más difícil cuando nos toca vivirla de cerca.
Con los años he comprendido que uno de los mayores dolores de la vida es saber que no podemos detener el tiempo. Que por mucho que amemos a alguien, no tenemos el poder de garantizar su permanencia a nuestro lado. Y que, muchas veces, dejamos para mañana abrazos, conversaciones, visitas y palabras de cariño, olvidando que ese mañana no está asegurado.
Quizás por eso deberíamos aprender a vivir con mayor conciencia de lo verdaderamente importante. Abrazar mientras podamos, perdonar cuando todavía estamos a tiempo, decir cuánto amamos sin esperar una ocasión especial y disfrutar de la presencia de esas personas que hacen nuestra vida más bonita.
Porque al final, cuando alguien parte, no son las cosas materiales las que más extrañamos. Son los momentos, las palabras, las risas y todo aquello que parecía cotidiano hasta que dejó de serlo.
Hoy entiendo de otra manera aquella frase de mi papá. Tal vez ese lugar al que vamos sea tan maravilloso como él imaginaba. Tal vez allí no existan el sufrimiento, las preocupaciones ni las despedidas que tanto nos duelen en esta tierra. Como creyente, quiero pensar que así es.
Sin embargo, mientras nos corresponda permanecer aquí, seguiremos enfrentando el dolor de las ausencias y aprendiendo a convivir con los recuerdos.
La muerte es lo único seguro que tenemos, como decía mi papá. Lo que nunca será seguro es que estemos preparados para recibirla.
Y quizás esa sea una de las mayores contradicciones de nuestra existencia: sabemos que algún día tendremos que despedirnos, pero nunca aprendemos a hacerlo sin que nos duela el alma.
