Un equipo multidisciplinar de científicos resuelve el dilema biológico de este marsupial australiano y abre la puerta a nuevas técnicas de fabricación industrial.

SÍDNEY — Durante décadas, los naturalistas que recorrían las zonas boscosas y las praderas del sureste de Australia tropezaban con un enigma único en todo el reino animal: la presencia de heces con una forma geométrica casi perfecta en forma de cubo. Estas deposiciones pertenecían al wombat, un marsupial de cuerpo robusto, patas cortas y hábitos nocturnos, cuyo aspecto recuerda al de un pequeño oso de peluche de andar pausado.

Aunque la existencia de estos excrementos cúbicos se conocía desde hacía mucho tiempo, la manera en que el sistema digestivo de un animal viviente podía moldear bordes rectos y esquinas definidas sin utilizar moldes rígidos permaneció en el misterio. Fue un grupo de investigadores en física de fluidos y biología de la Universidad de Georgia quienes decidieron estudiar el tracto intestinal del wombat para entender la mecánica detrás de este fenómeno.

A través de análisis detallados, los científicos descubrieron que la clave del proceso no se encuentra en el esfínter del animal, como se creía erróneamente, sino en la fase final de sus intestinos. El trayecto digestivo del wombat es excepcionalmente largo y lento; el proceso completo de digestión puede tardar hasta dos semanas. Durante este periodo, la materia fecal pierde casi toda su humedad mientras recorre un intestino cuya elasticidad no es uniforme en toda su circunferencia.

El tramo final del colon del wombat cuenta con dos ranuras con mayor rigidez y dos zonas mucho más flexibles. A medida que el intestino se contrae rítmicamente para expulsar el contenido, las secciones rígidas ejercen una presión constante que aplana los bordes, mientras que las zonas flexibles permiten que se formen las esquinas del cubo. Este patrón repetido de contracción muscular termina dando forma a los pequeños bloques geométricos antes de ser expulsados al exterior.

Lejos de ser una simple curiosidad de la naturaleza, esta adaptación cumple una función biológica crucial para la supervivencia de la especie. Los wombats poseen una vista muy deficiente y confían en el sentido del olfato para comunicarse con sus congéneres. Para marcar su territorio y evitar conflictos, suelen depositar sus deyecciones en posiciones elevadas, como sobre rocas, troncos caídos o pequeñas elevaciones del terreno. Si los excrementos tuvieran la forma redondeada habitual, rodarían rápidamente cuesta abajo debido a la gravedad; la forma cúbica garantiza que el mensaje olfativo permanezca exactamente en el lugar estratégico donde el animal lo dejó.