La urbe italiana aplica un cobro a los visitantes de un solo día para mitigar los efectos del turismo masivo y frenar la pérdida de residentes locales.

VENECIA — En mis más de veinte años de carrera informativa, he visto a Venecia transformarse de manera dramática. La mítica ciudad de los canales, famosa por sus palacios renacentistas y su historia marinera, lleva décadas al borde del colapso humano y urbano. Como respuesta a esta emergencia social, las autoridades municipales pusieron en marcha un sistema de pago de entrada para controlar el flujo constante de excursiones de un solo día.

El mecanismo funciona mediante un billete digital con código QR que los visitantes ocasionales deben adquirir antes de ingresar al casco histórico en días de alta afluencia. La medida no busca generar ingresos fiscales adicionales, sino desincentivar la llegada masiva en las jornadas festivas y de mayor saturación del calendario. Quienes pernoctan en hoteles de la ciudad quedan exentos del pago, ya que ya abonaban la tasa turística nocturna habitual.

El problema que intenta atajar Venecia es alarmante. La población del casco histórico ha caído por debajo de los 50.000 habitantes estables, superada a diario por una marea de turistas que entran y salen en cuestión de horas sin realizar consumo local significativo ni aportar a la vida comunitaria del barrio. Este fenómeno provocó el cierre paulatino de comercios tradicionales como panaderías, talleres de artesanos y ferreterías, sustituidos por tiendas de recuerdos de plástico y locales de comida rápida.

"Queremos que Venecia vuelva a ser una ciudad habitable para sus vecinos, no un parque de atracciones sin vida propia", declaró el alcalde veneciano durante la puesta en marcha del proyecto.

La medida ha generado opiniones encontradas. Por un lado, asociaciones de vecinos consideran que el importe del billete es insuficiente para frenar a los operadores turísticos de grandes cruceros y autobuses. Por otro lado, los comerciantes locales temen que las trabas administrativas disuadan a los visitantes de las regiones vecinas que acudían a consumir en los restaurantes locales.

A pesar de los debates, el experimento veneciano está siendo seguido de cerca por otras grandes capitales turísticas de Europa como Ámsterdam, Barcelona y Dubrovnik. Todas ellas buscan con urgencia fórmulas eficaces para conciliar los beneficios económicos del sector con el derecho de los ciudadanos a vivir en sus propias ciudades.