Hay un lugar en el norte de Islandia donde las ovejas superan en número a los habitantes en una proporción de diez a uno. Se llama Húsavík, aunque el fenómeno se repite en distintos grados por toda la isla: Islandia tiene una población de unos 370.000 personas y más de 800.000 ovejas, lo que la convierte en uno de los países con mayor densidad ovina per cápita del mundo.


Lejos de ser una curiosidad menor, las ovejas islandesas son parte esencial de la cultura, la economía y la identidad del país. La raza, que llegó a la isla con los colonos vikingos hace más de mil años, ha permanecido prácticamente sin cruzar con otras razas desde entonces, lo que la convierte en una de las más puras genéticamente de Europa. Su lana, gruesa y resistente al frío y a la humedad, ha sido durante siglos la materia prima de los jerseys tradicionales islandeses, el lopapeysa, que hoy se vende en cada tienda de souvenirs del país.


Pero lo que llama la atención de los visitantes no es tanto la cifra como la libertad con la que estos animales se mueven. En verano, las ovejas islandesas pastan sin cercas en las montañas y los valles del interior. En otoño, los granjeros de toda la isla participan en una tradición llamada réttir: la recogida colectiva del ganado, en la que vecinos, familiares y voluntarios suben a las tierras altas para reunir los rebaños y devolverlos a las granjas antes del invierno.

Es un acontecimiento social, una fiesta y una tarea agotadora al mismo tiempo, y algunos operadores turísticos ofrecen ya la posibilidad de participar en él.