Marruecos lleva años siendo uno de los destinos más visitados de África, pero la mayor parte del turismo se concentra en un puñado de ciudades: Marrakech, Fez, Casablanca y, en menor medida, Essaouira. El sur del país, con sus paisajes desérticos, sus valles de palmeras y sus antiguas ciudades de barro, quedaba relegado a una extensión del viaje organizado que muy pocos llegaban a completar.


Eso está cambiando. El Ministerio de Turismo de Marruecos ha presentado un plan para convertir la región del Sahara y el valle del Draa en un destino por derecho propio, con identidad propia y capacidad para atraer a un perfil de viajero que busca algo más que fotografiar las dunas de Merzouga al atardecer.


El programa incluye mejoras en las carreteras de acceso a zonas hasta ahora difíciles de alcanzar sin vehículo todoterreno, la creación de una red de alojamientos certificados bajo criterios de sostenibilidad y respeto cultural, y la formación de guías locales procedentes de las comunidades bereberes y saharauis de la región. La idea es que quien visite el sur no solo contemple el paisaje, sino que pueda entender cómo vive la gente que habita esos territorios desde hace siglos.


Entre los lugares que forman parte de la nueva oferta destacan las kasbah de barro de Aït Benhaddou y Skoura, declaradas Patrimonio de la Humanidad; los oasis del valle del Draa, con sus extensas palmeras y sus pequeñas aldeas amuralladas; y el desierto de Erg Chebbi, cerca de Merzouga, cuyas dunas alcanzan los ciento cincuenta metros de altura y que al amanecer ofrece uno de los espectáculos visuales más impresionantes del continente africano.


La certificación de los alojamientos es uno de los aspectos más cuidados del plan. Para obtenerla, los establecimientos deben cumplir requisitos relacionados con el uso eficiente del agua, la contratación de personal local, la oferta de productos gastronómicos de la zona y el respeto por las formas de vida tradicionales. El objetivo es evitar que el crecimiento turístico reproduzca en el sur los problemas que ya sufren algunas medinas del norte, donde la presión del turismo de masas ha transformado de forma irreversible el tejido comercial y social.


Para el viajero que quiera adelantarse, la mejor época para visitar esta zona es entre octubre y marzo, cuando las temperaturas son suaves durante el día y el cielo despejado permite ver el Sahara con una claridad que en otras estaciones no es posible.